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Incomparable

      Sólo imagínate la mujer más puta y guarra que puedas, pero que delante de los demás te haga quedar bien ya sea de día o de noche y deje admirados a todos por inteligente, por bonita, por elegante y por ubicada, que sabe qué decir y qué vestir, delicadamente cuando la situación lo requiere o moderna y casual, según las circunstancias. Una chica piola, mordaz y muy intuitiva, con eso que llaman inteligencia emocional. Con la ternura de una madre en los momentos en que estás acongojado pero en otras ocasiones mostrándose necesitada, débil, sensible, vulnerable, requiriendo así la protección que tanto bien les hace a nuestras autoestimas de varones. Esa sería la mujer perfecta, ¿No? Sólo le faltaría convertirse en pizza, cerveza y cigarrillos luego del amor. Era aún mejor: era capaz de compartir momentos así. Aceptaba una copa de vino fino o de champagne – y lo hacía con altura, sólo Chandon – como también un pancho con gaseosa o tan sólo un vaso de agua. Como la canción “Quijote” que canta Julio Iglesias. Humilde y solidaria en extremo, era capaz de mezclarse con cualquier realeza sin hacer papelones, en caso de proponérselo.

     Como Maradona, como Los Beatles, Laura estaba simplemente fuera de escala. Si hubiera un cualificador de personas, la aguja se partiría contra el otro extremo.

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Cuando era jóven y pobre, me quedaba frente a las vidrieras de las joyerías envidiando a quienes entraban y gastaban dinero útil para cubrir necesidades, en meros adornos que yo no podía comprar a mi amada. Hoy, viejo y con fortuna, envidio a los que miran anhelantes e impotentes esas vidrieras, ya que tienen en quién pensar y por quién sufrir aquélla a mis actuales ojos insignificante frustración que otrora sufrí.

Si me preguntan cómo elijo a las personas

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